Cuando las organizaciones implementan el costeo basado en actividades time-driven, suelen centrarse en la información de rentabilidad que proporciona. Pero hay otro beneficio igual de potente que a menudo se infravalora: la gestión de capacidad.

Cómo revela el TDABC la capacidad

A diferencia de los métodos de costeo tradicionales que asignan el 100% de los costes a productos y clientes, el TDABC identifica de forma natural la capacidad sin usar u ociosa. Como el modelo parte de la capacidad práctica y luego asigna según el tiempo realmente consumido, cualquier diferencia entre la capacidad suministrada y la capacidad usada se vuelve visible.

Esto ocurre automáticamente. Si un departamento tiene 10 empleados con una capacidad práctica combinada de 80.000 minutos al mes, y las ecuaciones de tiempo muestran que la demanda actual consume 65.000 minutos, el modelo revela 15.000 minutos (alrededor del 19%) de capacidad sin usar. Y, lo que es más importante, muestra el coste de esa capacidad sin usar.

Implicaciones estratégicas

La visibilidad de la capacidad permite mejores decisiones estratégicas. Al evaluar una nueva oportunidad de cliente, la dirección puede ver si la capacidad existente puede absorber la carga de trabajo adicional o si harán falta nuevos recursos. Al considerar mejoras de procesos, el modelo cuantifica la capacidad que se liberaría. Y al afrontar la presión por reducir costes, los responsables pueden tomar decisiones específicas en lugar de recortes lineales.

Evitar la espiral de la muerte

Uno de los riesgos más peligrosos en la contabilidad de costes es la espiral de la muerte, en la que la caída de volúmenes hace subir los costes unitarios, lo que lleva a subidas de precios, lo que provoca nuevas caídas de volumen. El TDABC lo evita separando los costes de capacidad usada de los costes de capacidad sin usar. El coste de la capacidad sin usar se reporta de forma transparente en lugar de ocultarse en costes de producto inflados.

Esta distinción es crucial para las decisiones de precios. Los productos y servicios deben tener un precio basado en el coste de los recursos que realmente consumen, no cargados con el coste de recursos que están ociosos por factores no relacionados.